La preensión de la filosofía del organismo en el proyecto “La Digitalización del Dolor Crónico”
por Leandro Ortolan
Coloquio “Un cosmos de ritmos y relaciones. Pensar la actualidad y relevancia de la filosofía de A. N. Whitehead”
Universidad Pontificia Comillas – Madrid / España
4 y 5 de junio de 2026
Ortolan, L. (2026, June 5). La preensión de la filosofía del organismo en el proyecto “La Digitalización del Dolor Crónico”. Un cosmos de ritmos y relaciones. Pensar la actualidad y relevancia de la filosofía de A. N. Whitehead, Universidad Pontificia Comillas, Madrid, Spain. Zenodo. https://doi.org/10.5281/zenodo.20559986
Programa del Coloquio
Transcripción de la presentación de Leandro Ortolan:
La comprensión de la filosofía del organismo en el proyecto “La digitalización del dolor crónico”,
dividida por cada diapositiva presentada.
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Saludo a todos y agradezco a los Profesores Stascha Rohmer y Ricardo Pinilla, además del equipo de apoyo al evento. Intentaré superar las barreras lingüísticas y ofrecer una inusual aproximación a Whitehead, en el marco de un proyecto de doctorado en un entorno no académico financiado por FCT de Portugal que nació dentro de la Filosofía pero se dirige a generar resultados para las áreas de la Salud Digital. Comenzaré situando el trabajo del que surge esta comunicación.
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El proyecto tiene como objetivo central desarrollar ontologías formales como métodos de representación del conocimiento para la modelización computacional de la experiencia dolorosa, concebidas para que inteligencias artificiales conversacionales actúen como mediadoras entre médicos y enfermos.
Es un proyecto transdisciplinar diseñado desde el proceso de Whitehead, en el que orgánicamente parte de la filosofía, abarca otras disciplinas y retorna a la filosofía, operando como una innovación, o mejor, como facilitador de la creatividad.
El legado de Whitehead para el proyecto fue, por tanto, incorporado desde su propio diseño, integrando orgánicamente todas estas áreas sin reducirlas a ninguna de ellas.
Cada punto S, del S1 al S8, se refiere a un semestre del proyecto de investigación. Comienza con la Filosofía, continúa con la Medicina, la Ingeniería de Representación (denominada ambiguamente Ontología), llega a la programación, las validaciones éticas y, finalmente, se espera que se alcancen todos los resultados esperados.
Cada semestre implica el desarrollo de secciones de la tesis. El proyecto se alinea con la concrescencia, ya que el retorno a la filosofía no significa que se haya ignorado; al contrario, como elemento del pasado, siempre ha estado presente.
Este retorno alude a nuevas preguntas, nuevos desafíos, nuevos avances… a la llamada a la creatividad, a la demanda que aún debe ser satisfecha. Se trata, sobre todo, de una propuesta de investigación metafilosófica.
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¿Qué es el dolor crónico?
El dolor crónico afecta a cerca de un quinto de la población adulta y se distingue del dolor agudo por su persistencia superior a tres meses y por la ausencia de causa aparente o daño tisular evidente. Es, en sí mismo, la enfermedad — definida y codificada formalmente por las autoridades médicas.
En el ámbito clínico, uno de los problemas más graves es la injusticia epistémica hacia los enfermos crónicos: las interrupciones médicas durante sus relatos ocurren en torno a los dieciocho segundos, y un diagnóstico adecuado puede tardar hasta cinco años en establecerse.
Dado que los datos diagnósticos provienen principalmente de esos relatos a lo largo del tiempo, el uso de la IA como mediadora y recolectora de datos se presenta como una vía prometedora.
El dolor agudo ha sido una preocupación filosófica desde Platón hasta nuestros días, pues cumple funciones protectoras vinculadas a una anormalidad orgánica tratable. El dolor crónico, en cambio, ha sido escasamente abordado por la filosofía: su causalidad no es evidente, sus procesos son multifactoriales y su duración resiste el análisis segmentado. Los enfermos crónicos se vuelven opacos para quienes los rodean y pasan a organizar sus vidas en función de la propia enfermedad.
La ambición de este proyecto convive, sin embargo, con los obstáculos que aún deben superarse. Más allá de las exigencias filosóficas, deberá ser validado en entorno médico bajo los criterios rigurosos que rigen la innovación en Salud Digital — porque solo así podrá, en última instancia, impactar positivamente en vidas.
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¿Qué es la representación?
Antes de entrar en la especificidad filosofico, es necesario precisar qué entendemos por representación en el contexto de los sistemas computacionales.
Representar no es copiar.
Ninguna estructura de datos refleja neutralmente el mundo.
Toda representación es una decisión ontológica previa: selecciona ciertos aspectos de la realidad, los estabiliza en categorías operables y descarta el resto como ruido o como irrelevante.
La tensión fundamental a la que se enfrenta el proyecto es esta: existe una simplificación que es computacionalmente necesaria, pero que puede volverse filosóficamente deshonesta y clínicamente perjudicial. La cuestión no es eliminar la abstracción, sino producir abstracciones adecuadas, fieles a la complejidad del fenómeno sin sacrificar la operabilidad de los modelos.
Y aquí es donde Whitehead nos ofrece algo preciso: no una solución, sino un diagnóstico.
Su noción de la falacia de la concrescencia fuera de lugar nos recuerda que ya sabemos, desde hace un siglo, que ninguna representación captura íntegramente la experiencia.
Esto no es una limitación técnica superable con mejores algoritmos. Es una condición estructural de todo acto de formalización.
Por eso, la existencia de estados mentales que superan, en principio, cualquier formalización posible se tematiza en este trabajo como un problema filosófico abierto.
No se resuelve como presupuesto arquitectónico. Se inscribe como tensión constitutiva del proyecto. Y es precisamente esa honestidad ontológica la que distingue una ontología procesual de una ontología ingenua.
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En términos formales, la representación implica tres compromisos simultáneos.
• Un compromiso semántico, por el cual los datos mantienen una relación de correspondencia funcional, pero no de identidad, con los estados mentales de los sujetos.
• Un compromiso epistémico, por el cual la representación adopta una posición heterofenomenológica y trata los datos verbales del sujeto como datos primarios legítimos, inscribiendo en sus categorías la distancia constitutiva entre lo representado y lo experienciado.
• Y un compromiso operacional, por el cual la estructura formal debe ser computacionalmente procesable y producir outputs inteligibles y utilizables por los propios enfermos en relación con sus estados existenciales.
Cuando se diseña un sistema de información clínica, alguien decide, por ejemplo, que el dolor del enfermo es un atributo numérico entre cero y diez.
Esa decisión no es inocente. Presupone que el dolor es mensurable, comparable entre sujetos, estable a lo largo de un mismo momento, y suficientemente descrito por un único valor.
Son cuatro presupuestos ontológicos embebidos en una interfaz aparentemente neutra.
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¿Cómo han sido representados los estados mentales, como los del dolor, en el estado del arte de la ingeniería de ontologías?
Este proceso no es simple, pero es importante tener al menos una idea, antes de presentar las críticas y las propuestas, para el debido encuadramiento.
El enfoque más riguroso disponible hoy parte de ontologías de fundamentación:
• El primer paso es abandonar la idea de reducir la experiencia a un atributo numérico o a un quale. En su lugar, la experiencia es reificada como una entidad individual, denominada Modo: un momento intrínseco, existencialmente dependiente de un único portador. El dolor de Juan es tratado como una entidad única, distinta del dolor de cualquier otra persona. Este es ya un avance ontológico significativo respecto a la escala de cero a diez o a un supuesto quale de imposible operacionalización.
• El segundo paso consiste en anclar esa experiencia en su contexto. Esto se hace a través de Individuos-Qua: entidades que representan lo que el sujeto se convierte al asumir una determinada situación o rol. “Juan en cuanto enfermo” es ontológicamente diferente de “Juan en cuanto persona sana”. El sistema comienza así a capturar la representación situada.
• El tercer paso formaliza el contenido intencional: percepciones, creencias, intenciones y deseos son modelados como Momentos Intencionales, cada uno con un contenido proposicional que se refiere a condiciones de satisfacción en la realidad. Es aquí donde la dimensión subjetiva del relato del enfermo queda lógicamente inscrita en el modelo.
• El cuarto paso modela la dimensión temporal. La subjetividad no es un retrato estático: es un flujo. Los procesos afectivos continuos, emociones, sentimientos corporales, trayectorias de sufrimiento, son modelados como eventos que se despliegan en el tiempo, acumulando partes temporales sucesivas y relaciones causales. El sistema consigue así correlacionar la evolución de la experiencia a lo largo de la historia del sujeto.
• Por último, toda esta arquitectura filosófica es traducida a una ontología operacional, procesable por máquinas, a través de lenguajes específico, que garantizan la transición entre el rigor conceptual y la eficiencia computacional.
El resultado es suficiente para impresionar a quien no conoce la experiencia, pero no para representarla clínicamente: la subjetividad queda como un grafo complejo de entidades y eventos cuya arquitectura temporal es, en el fondo, superficial.
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El estado del arte que acabo de describir representa un avance real respecto a la escala de cero a diez.
Sin embargo, por sofisticada y rigurosa que sea esta arquitectura, su estructura temporal permanece esencialmente secuencial y aditiva.
Acumula partes temporales, pero no representa el modo en que el pasado es activamente aprehendido en el presente, ni cómo el presente se orienta vectorialmente hacia el futuro.
Es una cronología, no una temporalidad vivida.
Y es precisamente esa diferencia la que la ontología procesual de Whitehead nos permite articular.
El proyecto parte de una insatisfacción filosófica precisa con esa arquitectura, que quiero articular ahora en tres frentes.
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La primera crítica concierne a la noción de sustancia.
El modelo actual reifica la experiencia como un Modo existencialmente dependiente de un único portador, tratando el dolor de Juan como un atributo que Juan posee. Esta formulación parece intuitiva, pero Whitehead la rechaza de forma radical.
Para Whitehead, no existe un portador estático al que la experiencia se adhiere como accidente. Lo que llamamos “Juan” es una sociedad de ocasiones actuales — una ruta histórica de eventos que heredan patrones entre sí y que constituyen lo que convencionalmente llamamos un individuo persistente. El sujeto no precede a la experiencia; emerge de ella.
Esto tiene consecuencias directas para la modelización clínica. Si el sistema trata al enfermo como un portador estable de atributos, incorpora la suposición de que existe un Juan constante al que le ocurre el dolor. Pero el dolor crónico altera constitutivamente quién es el enfermo: no es un accidente que le sobreviene, sino parte del proceso por el cual se constituye a lo largo del tiempo.
Una ontología incapaz de capturar esa constitución mutua entre sujeto y experiencia está, desde el principio, representando mal el fenómeno.
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La segunda crítica concierne a la concepción del tiempo.
El modelo actual representa la dimensión temporal de la subjetividad como una cronología: los eventos se disponen en una línea, se acumulan sucesivamente, y el sistema correlaciona esa secuencia. Whitehead argumenta precisamente contra esta concepción.
El tiempo no es un flujo continuo que simplemente se acumula. Si el devenir fuera continuo, recaeríamos en las paradojas del infinito que Zenón ya había identificado. La solución de Whitehead es la teoría epocal del tiempo: el acto de devenir de una ocasión actual es un quantum atómico e indivisible que ocurre de una sola vez. Su máxima es precisa — hay un devenir de la continuidad, pero no hay continuidad del devenir. La continuidad temporal es una abstracción producida a partir de las relaciones extensivas entre eventos pasados; la creación del presente no es un acúmulo, sino un pulso.
Para la modelización del dolor crónico, esto significa que el dolor que el enfermo siente hoy no es la suma aritmética de todos los dolores anteriores. Es una ocasión nueva que aprehende el pasado de forma selectiva, creativa y vectorial. Un sistema que únicamente acumula partes temporales captura la cronología, no la temporalidad vivida.
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La tercera crítica concierne a la causalidad.
El modelo actual modela las relaciones causales como una sucesión lineal: un estado causa al siguiente, que causa al siguiente. Es una causalidad secuencial y aditiva.
Para Whitehead, esta concepción ignora la interconexión radical que él designa como relaciones internas. La causalidad no es una sucesión de eventos externos entre sí, sino la inmanencia del pasado en el presente. Cuando una ocasión actual perece, alcanza lo que Whitehead llama inmortalidad objetiva: se convierte en un dato que persiste. El nuevo evento presente aprehende activamente esas realidades pasadas, incorporándolas en su propia constitución interna bajo la forma de sentimientos físicos con carácter vectorial. El pasado no está simplemente antes del presente; está dentro del presente.
Esto es filosóficamente muy diferente de una línea cronológica con flechas. Y clínicamente, la diferencia es igualmente relevante: la historia de dolor de un enfermo no es una secuencia de episodios externos entre sí, sino una red de aprehensiones en la que cada momento incorpora activamente los anteriores y se orienta hacia lo que está por venir.
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El estado del arte descrito opera aún, en términos whiteheadianos, bajo la falacia de la concrescencia fuera de lugar: toma categorías analíticas abstractas — portadores aislados, representaciones proposicionales desvinculadas del sentimiento físico, y una cronología espacializada continua — como si fueran la realidad concreta.
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Lo que el proyecto propone no es abandonar el rigor formal de la ingeniería de ontologías. Es profundizarlo. Sustituir la arquitectura cronológica y sustancialista por una red dinámica de eventos que se constituyen por la aprehensión viva y vectorial de su pasado. No una línea con atributos, sino un nexo temporal con historia, cualidad afectiva y orientación hacia el futuro.
Esta es la contribución que la filosofía del proceso puede ofrecer, no como metáfora, sino como arquitectura..
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El relato del enfermo — el ruido caótico de los “BLAH” — es aprehendido en tres dimensiones: la experiencia vivida en primera persona (mientras sentimiento físico subjetivo), su traducción clínica en tercera persona (minetras sentimiento conceptual objetivo), y la dependencia de terceros (mientras aprehensión intersubjetiva de la sociedad de ocasiones que lo rodea).
La integración creativa de estas aprehensiones no produce una suma, sino una emergencia — el momento de satisfacción whiteheadiano, en que la ocasión actual se completa — que cristaliza en una proposición simbólica: un marcador formal de la experiencia, agrupable en clusters y capaz de revelar tanto al enfermo como sociedad de eventos como los nexos latentes entre enfermos que de otro modo permanecerían opacos.
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Lo que acabo de presentar no es una propuesta de sustitución, sino de incorporación. El rigor formal de la ingeniería de ontologías no se descarta — se aprehende, en el sentido estricto que Whitehead confiere al término: como pasado heredado que orienta la emergencia de algo genuinamente nuevo.
Estamos asistiendo a la irrupción de la inteligencia artificial en dominios donde la experiencia humana está en juego, y los sistemas que representan esa experiencia han sido construidos sin que la filosofía tuviese un papel técnico explícito en su arquitectura. Este proyecto demuestra que ese papel existe y es insustituible.
Un sistema que representa el dolor crónico como un número no es solo filosóficamente pobre: es clínicamente peligroso. Los presupuestos sustancialistas que Whitehead identificó como una falacia están siendo replicados, a escala, por la computación contemporánea. Su filosofía del organismo — formulada ante el colapso de los fundamentos de la física clásica — es hoy un recurso conceptual vivo, capaz de intervenir técnicamente en los problemas más urgentes de nuestro tiempo.
El dolor, tarde o temprano, nos alcanzará a todos. A nosotros o a quienes amamos.
Y cuando eso ocurra, la ontología que esté al otro lado podrá marcar la diferencia entre ser escuchado y ser reducido a un número. La filosofía tiene que estar en el origen de ese debate, en su processo — no llegar tarde a él.
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Muchas gracias.
